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A propósito del foro Origen del problema de la tierra en el contexto americano

 

Por: Aquiles Zambrano

emparanPara nadie es desconocido que la historia latinoamericana ha estado trágicamente marcada por la lucha sobre el control de la tierra y los medios de producción emparentados con ésta. Desde el siglo XIX, el control de la tierra y lo que ella produce ha determinado el rumbo político de todas las naciones del continente. Se trata, simplemente, de la bien conocida fórmula: quien controla la tierra, controla el poder político. Acercarnos un poco a la comprensión de estos procesos históricos latinoamericanos fue el objetivo del foro dictado este miércoles por el profesor e historiador de la UCV Enrique Ramírez Ovalle, dirigido a los servidores y servidoras que hacen vida en la sede central del Fondo para el Desarrollo Agrario Socialista, Fondas.

La historia de Latinoamérica, y específicamente de Venezuela, puede ser interpretada como la historia de los propietarios de los suelos productivos. Como todos sabemos, Venezuela fue, para el imperio español, una colonia netamente agrícola. Gracias a la “caritativa” gestión del fraile dominico Bartolomé de las Casas debemos la importación de mano de obra procedente de África, pues fue su “noble” diligencia la que propuso al emperador Carlos V sustituir la fuerza de trabajo indígena por la negra. El sudor de esos negros originales (a quienes, dicho sea de paso, debemos la mestiza y maravillosa curva de la mujer venezolana) producía el café y el cacao que las cortes europeas saboreaban en sus palacios, ataviados con sus abrigos de piel y sus horrorosas pelucas. El control de las tierras americanas y el sudor de nuestros negros e indígenas se transformaron en asunto de vital importancia para las economías europeas.

Entonces vino la independencia… Una nueva clase social: los mantuanos, hijos de blancos españoles que no se sentían españoles pero tampoco completamente americanos, comenzaron a manifestar inconformidad con el control ejercido desde España. Aprovechando el vacío de poder causado en la corona española por la invasión francesa, los hombres de esta nueva clase social aprovecharon la oportunidad para destituir al Capitán General de Venezuela en uno de los episodios más raros de nuestra historia. Una serie de confusos acontecimientos llevaron a Vicente Emparan a renunciar a la Capitanía General de Venezuela después de que éste preguntara al “pueblo” que pasaba ese 19 de abril de 1810 cerca del cabildo de Caracas si querían seguir bajo su mando. La imagen copiada de un periodiquito infantil que publicaba el Carabobeño en los noventa, donde aparecía la caricatura de un Emparan consternado sobre un balcón, ante un grupo de venezolanos, y a su espalda el astuto gesto del padre Madariaga instando a que el pueblo diera una respuesta negativa, está grabada en mi memoria y ahora creo que ese episodio debió ser leído como el primer indicio de la comedia política cuartorepublicana que el siglo veinte vería con horror.

Luego de diez años de sangre y llanto, los patriotas lograron echar a las fuerzas foráneas de nuestro suelo. La tierra, entonces, cambiaría de dueños. Esa nueva clase social compuesta por los hijos de los blancos españoles, militares y gestores independentistas, se repartieron las tierras y degeneraron en esa lamentable oligarquía a la que Zamora quiso sacarle las tripas para guindarlas al sol. Pero no pudo. Una bala “perdida” le perfora la cabeza a un paso de la victoria liberal, y el ímpetu de la clase campesina que él representaba se disuelve en el acto. La guerra federal dejaría como saldo a un pueblo campesino completamente desmovilizado.

Y llegó el siglo XX… El reinado de brutal estulticia del benemérito, quien junto a sus compadres, hijos, amigos de los hijos, primos y amigos de los amigos de los primos, logró apaciguar a punta de bala y bigote el fogoso remanente de lucha que dejaría la guerra civil. Casi treinta años aguantó Juan Vicente hasta que lo consume una presunta enfermedad venérea. Entre tanto, en el subsuelo venezolano se descubre un material viscoso y oscuro, casi místico, y nuestra vida nunca más sería la misma. Venezuela deja de ser la recién independiente colonia agrícola miserable e invisible, para transformarse en la gallina de los huevos de oro de las trasnacionales petroleras norteamericanas. Las transformaciones en la sociedad son profundas. El campesino abandona “su tierra” (que nunca lo fue) y se dirige a las grandes ciudades en busca de mejores condiciones de vida. Tránsito de la cultura agraria a la petrolera, del campo a la industria. Quítate tú pa’ ponerme yo. Una nueva clase dirigente se posiciona en el poder político, pero ahora no propietarios de la tierra sino cómplices de las fuerzas económicas norteamericanas que explotan los yacimientos petrolíferos y nos dejan las sobras de su plato rebosante. Los que alcanzan a comer de las sobras, compran casas en Miami y se toman fotos con Mickey Mouse, mientras el pueblo, los pobres de siempre, se amontonan en cordones de miseria alrededor de los centros urbanos. Cuarenta años de “democracia” caben en una sola frase: “los gobiernos pasan, pero el hambre queda”, frase lapidaria que, en boca de un famoso comediante, nos recuerda el tragicómico pasado que no debemos olvidar pero sí dejar atrás. 

En 1998 comienza una nueva página en la historia de Venezuela y Latinoamérica. El movimiento revolucionario, cuyo primer destello se vio en los ojos de aquel joven e insurrecto comandante ese inolvidable cuatro de febrero, hoy ha tomado forma y fuerza para barrer los restos de ese chiste malo que fueron los cuarenta años de “democracia”. Hoy, camaradas, las servidoras y servidores del Fondas estamos escribiendo la historia que contarán los hombres y mujeres de mañana. Nunca está de más recordar nuestro pasado para reconocer nuestra responsabilidad presente. La lucha continúa, ¡venceremos!

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