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Cuenta la leyenda que la madre de Aquiles, antes de que éste zarpara a la guerra, le advirtió sobre las consecuencias de su decisión. Si te quedas en tu tierra, dicen que le dijo su madre, tendrás una vida plena, vivirás muchos años y tendrás muchos hijos, pero nadie te recordará. Si partes a la guerra y realizas lo que eres, un guerrero, morirás más temprano que tarde, pero la gloria bañará tu nombre en la posteridad. Todo gran hombre, en algún momento de su vida, ha estado en una encrucijada semejante. El 11 de septiembre de 1973, Salvador Allende, como el mítico Aquiles de Homero, eligió la muerte para defender aquello que lo había hecho ser lo que era, un revolucionario, el primer político abiertamente marxista en el mundo que llega al poder por la vía democrática pacífica. Su vida sería el precio de esa osadía, y su recuerdo el aliento de las generaciones revolucionarias que vendrían.

Allende llega al poder el 4 de noviembre de 1970 a pesar de los innumerables esfuerzos de la Casa Blanca por evitar su ascensión al poder. La administración Nixon quería evitar a toda costa que Allende ganara las elecciones. Para ello idearon dos planes que serían conocidos como el Track 1 y Track 2. El Track 1 consistía en hacer que el Congreso eligiera Jorge Alessandri, rival de Allende en las elecciones, para que éste luego renunciara y el Congreso se viera obligado a llamar  a unos nuevos comicios, donde la derecha chilena apoyaría a Eduardo Frei. El plan fracasó, de manera que la Casa Blanca pondría en marcha el Track 2. Éste consistía en crear un clima de inestabilidad política para obligar a la Fuerza Armada a intervenir y anular la elección. Para ello encargaron al general Roberto Viaux el secuestro del general René Schneider y así crear el clima de desasosiego propicio para la intervención de la Fuerza Armada. El Track 2 también fracasó.    

A pesar de la injerencia yanqui, Allende logra cierta estabilidad e inicia su plan de gobierno. Las líneas estratégicas de su gestión consistían en la estatización de los sectores claves de la economía, la nacionalización de la industria del cobre, el congelamiento de los precios de las mercancías y el aumento de los salarios para los trabajadores. Sin embargo, la oposición chilena manejada desde el norte no dejaría de conspirar para propiciar la caída de Allende. En octubre de 1972, la Agrupación de Dueños de Camiones, con el apoyo de otros gremios y, por supuesto, de la CIA, organiza un paro nacional. El paro tuvo graves repercusiones en la economía chilena y los opositores ya comenzaban a crear el ambiente propicio para el golpe militar.

Finalmente, el 11 de septiembre del 73, las fuerzas armadas dan el golpe de estado. Los militares insurrectos, liderados por Augusto Pinochet,  se posicionan en el perímetro del Palacio de la Moneda y lanzan un ultimátum: el presidente Allende debe abandonar la Moneda antes de las 11 am. Sin ninguna oportunidad, Allende resiste las balas y el bombardeo aéreo. Una nueva llamada de los insurrectos le insta a abandonar el Palacio. Allende reafirma su elección: “Yo no voy a renunciar”.

Cuentan que Allende se despidió de cada una de las personas que resistían junto a él en el palacio. Luego entra a su despacho y, con el arma que años atrás le regalara Fidel Castro, se quita la vida. Horas antes de su  muerte, Allende se dirigió al pueblo en lo que sería su última alocución pública:     

“Ante estos hechos, sólo me cabe decirle a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen... ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.”

Ese fue Allende, el hombre que eligió la muerte antes de traicionar su causa, que era la causa de su pueblo, el hombre que creyó en la democracia, en la revolución pacífica, y a quien hoy rendimos un merecido homenaje en el 38 aniversario de su partida.

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